Aquello no era exactamente un libro. Era otra cosa. El primer capítulo del libro se titulaba Viernes. El autor, contaba como en un diario íntimo pero público, todo cuanto hacía cada día. Había desayunado un vaso de leche caliente con cacao en polvo y cereales. Después se había duchado, vestido, he ido a trabajar. Había vuelto a casa a comer, visto las noticias del mediodía en la televisión y dormido una breve siesta. El autor no se consideraba a sí mismo escritor. Él era pintor. Y había comenzado a escribir su diario como si lo pintase. Como si hiciese un collage. Para él, aquel libro era una obra de arte. Buena o mala, quedaba por juzgar. No creía “que cada hombre es un artista” sino que cada hombre podía ser un artista. Y si no quedaba más remedio que admitir que todo lo que hace el hombre es arte por definición, abogaba por establecer los que entraban en el salón, los que no y los que irían han salón de los rechazados. Si todo era arte, lo había bueno, malo y regular. Y con esa idea en la cabeza, él escribía. Con el propósito de enviarlo al salón. Había estudiado Bellas Artes y expuesto con regularidad tanto en exposiciones colectivas como individuales. Seguía enviando cuadros a concursos y era seleccionado, expuesto y catalogado. Sin embargo cada vez pintaba menos y repartía su tiempo en leer y en asistir a muchas de las inauguraciones de arte contemporáneo que se hacían en la ciudad. Y en escribir. En el diario, escrito a lápiz, entre la narración, estaban pegados folletos de exposiciones, entradas al museo, al teatro, la ópera, el cine, de metro, recibos de gasolina, de la compra, etiquetas despegadas de botellines de cerveza, recortes fotocopiados de los libros que iba leyendo,…, un sin fin de documentos muestra de sus actividades. Las visitas a exposiciones se citaban en el transcurso del texto, pero además al final del día se insertaba una página escrita con la crítica. Lo mismo ocurría con los libros que leía, las obras de teatro, el cine, …, toda actividad que hubiese suscitado su interés, era objeto de comentario, configurando una suerte de museo imaginario. Un día decidió reescribirlo en su ordenador portátil. Empezó siendo un largo documento de texto acompañado de comentarios independientes. Para poder leer todo de un modo más ágil, vinculó los comentarios a los nombres de libros, muestras y artistas, y creó un hipertexto en el que se podía transcurrir de un sitio a otro sin seguir una secuencia concreta. Del Viernes, se podía saltar a la crítica de las dos exposiciones que había visto ese día o a una breve reseña de los artistas, y al revés podía volver desde un artista, a otro comentario cuando lo hubiese o a cualquiera de los días que habían coincidido, pues frecuentemente los artistas locales eran conocidos suyos. La red de conexiones había ido creciendo de tal modo que había catalogado a todos sus conocidos, y podía saber con exactitud cuándo y dónde se habían encontrado cada vez. En una ocasión dudó de la última tarde que había hablado con un galerista y sumó a la ficha de cada persona un enlace con el diario donde se citaba cada llamada de teléfono. A esto le siguió un enlace a correos electrónicos. Y por último los mensajes de teléfono móvil. Por suerte no tenía contestador ni buzón de voz. Otro día al recoger el correo ordinario, cayó en la cuenta de escapaba a su control, he hizo fichas para cada empresa que le facturaba, incluyendo el ayuntamiento por las multas de tráfico, hacienda por los requerimientos, y excluyendo la publicidad. Esto último porque también la había excluido en el correo electrónico recibido. En este proceso, había dejado de escribir a lápiz su diario. Había quedado amontonado en varios tomos de tamaño folio, con múltiples anotaciones, marcadores y desplegables, que hizo cuando convirtió el texto en hipertexto, vinculando cada dato con información que se encontraba en otra página. El último día, había escrito, “a partir de hoy este diario ya no se escribe a mano”. Tenía una copia de seguridad del documento que crecía y crecía sin parar. Pero ahora era la información sobre papel la que le preocupaba. Estableció un sistema de archivo. En una carpeta colocó impreso el diario. En otra las reseñas, separando, exposiciones, libros, cine, teatro y ópera. Y en otras los papeles que seguía coleccionando y escaneando para el hipertexto. Los folletos de las exposiciones que antes pegaba en el diario ahora aparecerían con sólo hacer clic en un vínculo. Las facturas se archivaban en carpetas tal y como antes. Pero también estaban escaneadas y vinculadas. Todo. La factura de la luz de la casa, del estudio, los tiques de la gasolina, las facturas de revisión de la moto, del coche, las notas de los restaurantes, la etiqueta de la ropa, la portada de los libros que había leído,…, una red que crecía a su alrededor fagocitando todo cuanto caía bajo su campo de visión. Se había convertido en una especie de cámara andante. Era como si grabase una película en tiempo real, y haciendo un camino inverso la convirtiese en guión. Sólo que este guión era un inmenso hipertexto que no tenía un recorrido secuencial. Era un laberinto sin salida. Así que decidí no entrar. Lo escribí para liberarme de tener que hacerlo. En realidad había empezado el diario en el portátil. Y lo transcribía a papel a lápiz. Cada día estaba escrito en un Basic A-3 que había manchado previamente con pintura acrílica blanca, quebrada con un tono ligeramente amarillo de Nápoles. Los había colocado en el suelo del estudio. Sobre los papeles había colocado los recortes del collage. Y escribía dejando los huecos para pegar estos elementos. Ni siquiera llegué a montar todos los que preparé. A la vuelta de las vacaciones de verano, los recogí todos y los metí en una carpeta tal cual estaban. Seguí escribiendo en el portátil el diario y las reseñas. Todavía no está archivado como debiera. Y no tengo copia de seguridad. Por dos veces se ha averiado mi portátil con riesgo de perder todo el trabajo. La idea de crear un hipertexto como el de la narración es tentadora. Pero para mí no lo es menos que inventarla. Aquí narro la invención y este documento lo considero como creación artística. Ya sea impreso o en pantalla. En el caso de que se opte por exponerlo, se debería hacer a modo instalación junto con la carpeta que guarda los collages inacabados y alguna muestra de los mismos.
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Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas. Firma y pincel invitados: Jesús Andrés.